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Se acerca cada vez má el incio de las celebraciones del Quijote y nosotros llevamos semanas celebrándolo. Les comento que la RAE (Real Academia de la Lengua) ha publicado una edición especial del Quijote, ul texto de Cervantes va precedido por introducciones de Mario Vargas Llosa, Martín de Riquer, Francisco Ayala y el propio Francisco Rico y se cierra con otra serie de diversos artículos de importantes comentaristas y un glosario de 7.000 términos que ayudará al lector actual a conocer la lengua de Cervantes.
El año próximo celebraremos 400 años del Quijote, habrá celebraciones por todo el mundo, de hecho ya las ha habido, recirdemos las lecturas públicas que se han hecho. En Biné hemos pensado que la mejor forma de festejarlo es leyéndolo, así que enviaremos notas semanales con fragmentos continuos del Quijote, desde el principio hasta donde lleguemos, la idea: leer un poco cada día.
ABS
Gracias a todos los que están siguiendo esta experiencia con nosotros en Biné, de verdad graciasíƒâ€ší‚¡íƒâ€ší‚¡íƒâ€ší‚¡ Cronop...
Seguimos...Esta entrega es fascinante, aquí nace el nombre de nuestro héroe:
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía má cuartos que un real y má tachas que el caballo de Gonela, que íƒâ€ší‚«tantum pellis et ossa fuitíƒâ€ší‚», le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque íƒÂ¢í¢â€šÂ¬í¢â‚¬Âsegún se decía él a sí mesmoíƒÂ¢í¢â€šÂ¬í¢â‚¬Â no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí procuraba acomodársele, de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar íƒâ€ší‚«Rocinanteíƒâ€ší‚», nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
En efeto, rematado ya su juicio , vino a dar en el má estraño pensamiento que jamá dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república , hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera . Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar íƒÂ¢í¢â€šÂ¬í¢â‚¬Âque era hombre docto, graduado en CigüenzaíƒÂ¢í¢â€šÂ¬í¢â‚¬Â sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolá, barbero del mesmo pueblo , decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso íƒÂ¢í¢â€šÂ¬í¢â‚¬Âque eran los má del añoíƒÂ¢í¢â€šÂ¬í¢â‚¬Â, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer , y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva , porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y má cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: íƒâ€ší‚«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosuraíƒâ€ší‚». Y también cuando leía: íƒâ€ší‚«Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza...íƒâ€ší‚»
Segunda:
A cuatrocientos años del Quixote
El resto della concluían sayo de velarte , calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo má fino . Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de íƒâ€ší‚«Quijadaíƒâ€ší‚», o íƒâ€ší‚«Quesadaíƒâ€ší‚», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba íƒâ€ší‚«Quijanaíƒâ€ší‚» . Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
El año próximo celebraremos 400 años del Quijote, habrá celebraciones por todo el mundo, de hecho ya las ha habido, recirdemos las lecturas públicas que se han hecho. En Biné hemos pensado que la mejor forma de festejarlo es leyéndolo, así que enviaremos notas semanales con fragmentos continuos del Quijote, desde el principio hasta donde lleguemos, la idea: leer un poco cada día.
Como dato curioso los primeros detalles:
El Q. de 1605, es decir, el volumen titulado El ingenioso hidalgo..., se publicó dividido en cuatro partes (I, 1-8, 9-14, 15-27, 28-52); al sacar a la luz C. la continuación de 1615, la presentó como Segunda parte... y prescindió de cualquier segmentación análoga a la de 1605, de suerte que el conjunto de El ingenioso hidalgo... se convirtió retrospectivamente en Primera parte, quedando de hecho revocadas la sección que en 1605 llevaba ese rótulo y la cuatripartición originaria. Las ediciones tardías buscaron modos de subsanar la incongruencia. Véase I, 9, 105, n. 1. [íƒâ€ší‚º]