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Cientos de millones de niños sufren y mueren a causa de la guerra, la violencia, la explotación, el abandono y todas las formas de abuso y discriminación. En todas partes del mundo hay niños que viven en circunstancias especialmente difíciles: permanentemente discapacitados o gravemente lesionados a causa de conflictos armados; desplazados internos o expulsados de sus países como refugiados; que sufren de desastres naturales y desastres provocados por el hombre, incluidos peligros tales como la exposición a la radiación o a productos químicos peligrosos; como hijos de trabajadores migrantes y otros grupos desfavorecidos socialmente; como víctimas del racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia.
La trata, el contrabando, la explotación física y sexual y el secuestro, al igual que la explotación económica de los niños, incluso en sus formas peores, son una realidad cotidiana para los niños en todas las regiones del mundo, mientras que la violencia doméstica y la violencia sexual contra las mujeres y los niños siguen siendo problemas graves.
En varios países, las sanciones económicas han tenido repercusiones sociales y humanitarias sobre la población civil, en particular las mujeres y los niños.
En algunos países, la situación de los niños se ve afectada por medidas unilaterales, no compatibles con el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, que crean obstáculos a las relaciones comerciales entre los Estados, impiden la plena realización del desarrollo económico y social y comprometen el bienestar de la población de los países afectados, con consecuencias que se dejan sentir, en especial, en las mujeres y los niños, incluidos los adolescentes.
Los niños tienen derecho a ser protegidos de todas las formas de maltrato, abandono, explotación y violencia. Las sociedades deben eliminar toda forma de violencia contra los niños.(Naciones Unidas, 2002)
La familia es uno de los contextos donde la violencia se produce de una forma más espectacular, alarmante, inesperada y cruel. Todas las combinaciones son posibles y de ello dan testimonio diario los medios de comunicación. Padres y madres contra hijos, miembros de la pareja unos contra otros. Hermanos contra hermanos e hijos contra padres. Puede parecer que se trata de un fenómeno moderno dada la repercusión que tal tipo de sucesos ha tomado, pero sabemos bien que se trata de algo tan antiguo como la familia misma y sus huellas se pueden rastrear en la producción literaria clásica y moderna que, de hecho, constituye una buena parte de nuestra memoria histórica. La familia de Pascual Duarte, Los hermanos Karamazov, son ejemplos del tipo de obras que alimentan ese imaginario colectivo que muestra a la familia como un locus de tensión y violencia.
Ahora bien, es cierto que la cuestión de la violencia familiar es, entendida como problema social, una construcción reciente. Han hecho falta una serie de factores sociohistóricos para que una agresión en el contexto familiar sea etiquetada como un caso de violencia familiar; de la misma manera que haría falta otro tipo de contexto sociohistórico para que la violencia familiar fuera vista como una forma de violencia política.
La importancia del contexto se pone de manifiesto cuando constatamos que no todas esas formas de violencia que comentábamos más arriba son igualmente probables en nuestra sociedad actual. Por ejemplo, ¿qué es más probable, que una mujer agreda a su compañero o que éste agreda a aquélla? ¿qué es más probable, que hijos o hijas agredan a sus padres o viceversa? ¿que las hermanas agredan a sus hermanos a al revés? Hay un patrón en esas agresiones que no parece adaptarse a las probabilidades esperadas. Cada uno/a puede agredir a cualquier otro/a, sí, es cierto. Pero las cosas suceden de manera distinta la mayor parte de las veces, siguiendo patrones y normas que consiguen regular la dirección de la violencia y que constituyen la marca de un tipo de sociedad concreta.
La violencia social, bajo la forma de terrorismo, guerras, crímenes o humillaciones todo tipo, parece algo tan familiar que casi comparte nuestra mesa, nuestra cama, nuestro trabajo y nuestro hogar. Está tan enraizada en nuestro ambiente que, aunque no sea hermosa, casi no nos resulta molesto el verla, oírla, olerla o sentirla. La llegamos a vivir como algo normal y natural; si bien, en la mayoría de los casos, como lejana, distante y ajena.
La violencia familiar tiene una larga historia de gestación, desarrollo, justificación y ocultación. Recientemente está dejando de ser considerada un asunto privado y cobra la relevancia de un problema social que debe ser comprendido y prevenido. Esta violencia es una forma específica de dominación social que se realiza en el ámbito doméstico.
El maltrato físico, como la violación sexual, el acoso moral o las más variadas de discriminación social, está enraizado en una cultura en la que la ideología patriarcal es un hecho fundamental y constituye una clave explicativa principal.
Históricamente, las múltiples modalidades de maltrato (físico, psicológico, sexual, etc.) y de discriminación han ido acompañadas de un sometimiento social de las víctimas a condiciones de silencio, segregación, aislamiento, incomunicación, indefensión y, en casos extremos de inhumanidad, han terminado en tortura y asesinato rituales en hogueras y lapidaciones.
El escenario doméstico ha sido hasta muy recientemente un mundo cerrado, donde todo se ha desarrollado de puertas adentro; de modo que nada de lo ocurrido en dicho universo ha tenido relevancia social. Esta cultura minimizadora de la violencia ejercida privadamente ha mantenido a las víctimas de los malos tratos dentro del hogar familiar aprisionadas en un círculo fatal casi inevitable e inescapable.
Continua en: http://www.violenciaelsalvador.org.sv/documentos/conferencias/maltrato_infantil.pdf