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LAS ARMAS DE DESTRUCCIÓN MASIVA AFECTAN DE MANERA PERMANENTE EL MEDIO AMBIENT

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06:00 hrs. Marzo 3 de 2004

Boletí­n UNAM-DGCS-162

Ciudad Universitaria

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LAS ARMAS DE DESTRUCCIÓN MASIVA AFECTAN DE MANERA PERMANENTE EL MEDIO AMBIENTE

í‚· José Luz González, profesor de la Facultad de Quí­mica, señaló que dada su composición es muy caro destruirlas

í‚· En el mundo hay 65 millones de minas que amenazan a la población y la vida salvaje de 56 paí­ses, precisó el especialista

Las armas de destrucción masiva –que pueden ser quí­micas, biológicas o nucleares– son las más temidas en los conflictos bélicos porque, dada su composición, afectan de forma permanente al medio ambiente y la salud de los seres humanos, afirmó José Luz González, profesor de la Facultad de Quí­mica de la UNAM.

El experto, quien fue elegido como inspector de armamento quí­mico de la ONU en Iraq, explicó que es hasta diez veces más caro destruir material tóxico que su construcción misma. Por eso, hasta ahora Rusia sólo ha eliminado el 1 por ciento de su arsenal, EU el 28 por ciento e India el 12 por ciento.

No obstante, abundó González, los dispositivos biológicos pueden ser hasta tres millones de veces más tóxicos que los quí­micos, pues a diferencia de las convencionales, no golpean un objetivo puntual sino que se diseminan en el ambiente, dijo en la conferencia Impacto ambiental de los conflictos bélicos, organizada por la propia dependencia.

El experto enumeró siete grupos de agentes clasificados de acuerdo con su acción fisiológica, ellos son: lacrimógenos, con concentraciones bajas de ácido pero que en dosis elevadas pueden provocar la pérdida de la visión; irritantes respiratorios y estornudantes que producen tos incontrolable; sofocantes, que atacan la garganta y destruyen los tejidos de la misma; los vesciantes, que crean vesí­culas o ampollas en espalda o cara, así­ como daños permanentes en pulmones y piel.

También hay tóxicos generales que atraviesan la epidermis y llegan a todo el organismo por el torrente sanguí­neo; neurotóxicos que por ví­a respiratoria, cutánea o ingestión llegan al sistema nervioso central deteniendo funciones metabólicas, produciendo incluso la muerte; e incapacitantes psí­quicos o fí­sicos que afectan el mismo complejo, como las drogas (marihuana, cocaí­na y LSD).

A esos se suma el defoliante, cuyo objetivo es destruir la vegetación. En cantidades controladas se utilizan como herbicidas, pero en exceso destruyen cualquier planta que tocan.

La ONU considera que las lesiones ambientales consisten en la contaminación provocada por derrames de sustancias quí­micas debido a bombardeos; las minas terrestres y municiones no detonadas y otros restos bélicos sobre cultivos; impacto en el agua, la biodiversidad y los ecosistemas a raí­z de movimientos masivos de población, entre otros.

Han transcurrido 30 años desde que Estados Unidos arrojó 70 mil toneladas de herbicidas, en particular agente naranja, sobre territorio de Vietnam para defoliar la selva e impedir que los soldados enemigos se escondieran.

Quedaron rociadas 1.7 millones de hectáreas, correspondientes al 10 por ciento de la superficie de Vietnam del Sur, que quedaron inutilizadas. Se ha estimado que deberán transcurrir más de 100 años para volver a cultivar. Ahí­ se destruyó más de una quinta parte de los bosques y desapareció un tercio de los manglares.

La dioxina contenida en ese compuesto perturba funciones hormonales, inmunitarias y reproductivas del organismo. Miles de niños de padres expuestos han nacido con deformaciones de miembros, ojos sin pupila y se teme que las repercusiones lleguen hasta la tercera generación.

Igual sucede con armas biológicas como el ántrax, que puede permanecer latente y sobrevivir en suelos de áreas infectadas durante años, como ocurre en islas cercanas a la Gran Bretaña donde fue probado en 1942 con bombas de 11 kilogramos (las actuales llegan a pesar hasta 12 toneladas). Recientemente se estudió el terreno y las esporas siguen presentes.

Otro caso, refirió José Luz González, fue el conflicto entre Irán e Iraq en la década de los ochenta. Se considera que resultaron afectados por armas quí­micas alrededor de 100 mil iraní­es, 50 por ciento de ellos por gas mostaza y el resto por agentes nerviosos. Las partes más dañadas fueron ojos, pulmones y piel.

Luego, entre abril de 1987 y agosto de 1988 se registraron ataques iraquí­es contra la población civil kurda, que provocaron efectos a largo plazo. En un bombardeo con estas sustancias durante tres dí­as, murieron de 5 mil a 7 mil personas y decenas de miles resultaron heridas. La primera investigación médica, realizada en 1998, registra cánceres raros, malformaciones, abortos naturales y problemas psiquiátricos graves; el gas, además, quemó córneas provocando ceguera.

En la Guerra del Golfo de 1991 el derrame petrolero, producto de sabotajes a los pozos de Kuwait, afectó el entorno. El crudo llegó al desierto y contaminó sus costas y las de Arabia Saudita.

De los 730 pozos atacados, 630 fueron incendiados y durante meses arrojaron 10 millones de metros cúbicos de hidrocarburo al desierto. En un momento se registraron 300 lagos del recurso que cubrieron 50 kilómetros cuadrados de ese ecosistema. También se produjo una lluvia de hollí­n, de partí­culas cancerí­genas y bióxido de azufre que cayeron a cientos de kilómetros del Golfo.

Fueron necesarios seis meses y 10 mil millones de dólares para apagar los incendios y reparar las perforaciones. Esta zona aún se encuentra manchada con capas de combustible viscoso.

Asimismo, indicó, se evaluó el paso de vehí­culos militares sumamente pesados, que destruyeron el lecho de grava del suelo que permití­a contener las dunas, hecho que redundó en el recrudecimiento de las tempestades de arena.

En ese mismo conflicto bélico, EU lanzó 60 mil bombas de fragmentación que contení­an alrededor de 30 millones de minibombas, de las cuales se estima que 10 por ciento no estalló. Se suman 65 millones de minas que amenazan a la población y a la vida salvaje de 56 paí­ses del mundo, precisó el especialista.

Mención aparte, Yugoslavia fue ví­ctima de proyectiles con uranio en 1999, que liberaron una nube de sedimento radiactivo contaminador del agua. Además, el bombardeo en fábricas quí­micas y refinerí­as liberó un torrente de toxinas.

Previendo un ataque a sus plantas de amoniaco, los yugoslavos lo tiraron al rí­o Danubio, junto con 11 toneladas de sosa. Actualmente, en 32 kilómetros rí­o abajo no existe vida alguna.

Tampoco debe olvidarse el impacto ambiental que producen las migraciones masivas de poblaciones que huyen de los conflictos bélicos y que pueden dañar bosques enteros, por ejemplo.

Para terminar con ese tipo de situaciones se ha establecido una serie de acuerdos internacionales, siendo la Convención de Armas Quí­micas la más reciente de ellas. Los paí­ses que se adhieren a ella se comprometen a no desarrollar, producir, adquirir, almacenar, transferir o mantener armas quí­micas, aparte de destruir artefactos, desmantelar sitios de producción en condiciones amigables para el medio y de seguridad para el personal. Se contemplan castigos y se cuenta con inspectores.

Se espera que se tomen las mismas medidas para las armas biológicas. Para las nucleares existe el Tratado de No Proliferación de armas de ese tipo, con sede en Viena.

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