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LA ÉTICA MÉDICA DEBE CONSTRUIRSE EN FUNCIÓN DE LA RELACIÓN MÉDICO-PACIENTE

Imagen de gamd

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06:00 hrs. Mayo 16 de 2003

Boletí­n UNAM-DGCS-373

Ciudad Universitaria

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LA ÉTICA MÉDICA DEBE CONSTRUIRSE EN FUNCIÓN DE LA RELACIÓN MÉDICO-PACIENTE

í‚· Ruy Pérez Tamayo dijo que preservar la salud, curar o aliviar, así­ como evitar las muertes prematuras e innecesarias, son los objetivos de la medicina

í‚· Los grandes avances de la medicina contemporánea han generado reacciones en los medios de comunicación “exageradas, amarillistas y, a veces, hasta histéricas”

La ética médica debe construirse en función de la relación médico- paciente, y ésta, además, tiene que ser el punto de partida de todas las acciones en la materia, el eje que determine la dirección que tomará el diagnóstico y las intervenciones terapéuticas, afirmó Ruy Pérez Tamayo.

El profesor emérito de la Facultad de Medicina participó en el Seminario de ética médica 2003, donde señaló que dicha relación constituye el núcleo esencial del arte de curar, en vista de que cuando se da en forma óptima facilita al máximo el cumplimiento de los objetivos de la medicina.

Ellos son: preservar la salud; curar o aliviar, consolar y acompañar al enfermo siempre, así­ como evitar las muertes prematuras e innecesarias; es decir, lograr que hombres y mujeres vivan sanos toda su vida, y mueran lo más tarde y dignamente posible.

El también investigador nacional emérito refirió que en las últimas tres décadas ha sido una experiencia frecuente leer o escuchar que los grandes avances de la medicina contemporánea han creado nuevos problemas de ética médica que deben agregarse a los existentes desde la época de Hipócrates, “muchos de los cuales siguen sin resolverse”.

Al respecto mencionó que el primer trasplante de corazón en un ser humano, la fecundación in vitro, el nacimiento de la primera bebé de probeta, el uso terapéutico de proteí­nas la terapia génica, el nacimiento de Dolly, la posibilidad de la clonación humana, así­ como la utilización de alimentos genéticamente modificados, el desciframiento completo del genoma humano y el posible uso terapéutico de las células estaminales (o madre) derivadas de embriones humanos, han generado reacciones en los medios de comunicación nacionales e internacionales.

No obstante, dichas reacciones “sólo pueden calificarse de exageradas, amarillistas y, a veces, hasta histéricas”. Varios comentarios relativos a esas noticias no sólo han tergiversado la información, exagerando o inventando posibles “peligros”, sino que con frecuencia se han sugerido “soluciones”, que van desde la formación de comités de expertos que dictaminen sobre los aspectos éticos del problema, hasta la suspensión de todo trabajo cientí­fico en el campo.

Otros se han pronunciado en contra de cada uno de los logros cientí­ficos mencionados, con el argumento de que son antinaturales o que se oponen a la voluntad divina, lo cual tampoco es un problema nuevo. Sin embargo, la medicina del siglo XXI cumple cada vez mejor con sus objetivos, porque se realiza de manera más cientí­fica.

La ética médica, explicó Pérez Tamayo, es el conjunto de valores, principios morales y acciones relevantes del personal responsable de la salud (médicos, enfermeras, técnicos y funcionarios), dirigidos a cumplir con los objetivos de la medicina.

Ruy Pérez consideró posible integrar una ética médica “completa y racionalmente aceptable” basada en dos principios generales: los objetivos de la medicina y la relación médico-paciente, donde se excluya toda influencia ajena, sea sobrenatural, de ética normativa o de dogma religioso, porque así­ se favorece la racionalidad por encima de la fe.

El Premio Nacional de Ciencias (1974) refirió que, de forma tradicional, esos códigos se han construido alrededor de principios involucrados en la práctica de la profesión: el respeto por la autonomí­a del paciente, la veracidad o derecho del enfermo a conocer la verdad sobre su padecimiento; la vigilancia para que el acceso a las facilidades médicas se haga con justicia porque todos los humanos tienen derecho a atención oportuna y de calidad, así­ como la confidencialidad.

Dichos principios, opinó, son de importancia fundamental en la práctica de la medicina y, en la medida que se cumplan, la relación médico-paciente será mejor, más respetuosa y positiva. Empero, “ninguno de ellos es especí­fico de la disciplina; sino que son reglas de conducta para los seres humanos en general”.

Todo lo que favorezca una relación franca y abierta, basada en la confianza, entre el galeno y el afectado por alguna enfermedad, es bueno dentro de la ética médica; lo que interfiera con su desarrollo óptimo, es malo.

Por ello, propuso cuatro recomendaciones generales para un código de ética médica. La primera es el estudio continuo, porque desde los hospitales privados hasta la clí­nica rural más humilde, la calidad de la atención depende de los conocimientos y habilidades de los especialistas. “Es sorprendente la ausencia o la mención pasajera de este principio en la mayorí­a de los códigos de la profesión”.

Expuso que la acumulación progresiva del conocimiento cientí­fico sobre las enfermedades y el desarrollo de sofisticadas técnicas de diagnóstico y tratamiento, han llevado a una “superespecialización”, lo que aumenta la eficiencia y la calidad del servicio que el médico puede ofrecer, aunque en campos más limitados.

Cuando el médico deja de estudiar no ayuda a que la relación con el enfermo se dé en las mejores condiciones; es decir, comete una falta de ética calificada como incapacidad, ignorancia o negligencia.

La segunda recomendación es la docencia, no sólo con alumnos, sino con pacientes. Ello, aunado a la libre y amplia comunicación de la información médica a los enfermos y a sus familiares, ha tenido escasa atención en los códigos, donde se deja a criterio del especialista dónde, cómo y cuáles datos dar a conocer.

Una queja frecuente sobre la medicina contemporánea, agregó Pérez Tamayo, es que el galeno se ha hecho sordo y mudo ante las quejas y demandas de información de sus pacientes.

Pero la obligación de enseñar, el “arte” de hacerlo, no termina con una instrucción más amplia al enfermo y a sus familiares, sino que debe ampliarse a todos los que puedan beneficiarse de ella, incluidos los colegas y la sociedad en general. “Quien no lo hace comete una falta de ética médica”.

La investigación cientí­fica, que no se ha contemplado como parte del código de ética médica, es la tercera sugerencia. El médico debe contribuir al crecimiento de su ciencia y al aumento de los conocimientos que se usan para diagnosticar y tratar a los enfermos.

No significa, aclaró, la realización de un proyecto riguroso en un laboratorio sofisticado o la presencia activa en estudios clí­nicos; es algo más general y básico; es decir, la conservación y el cultivo del espí­ritu de la duda, del escepticismo constructivo, etcétera.

Los mejores hospitales y centros de salud son los que patrocinan y estimulan la investigación. Además, en las mejores escuelas, alumnos y profesores se dedican a generar y difundir el conocimiento.

La cuarta recomendación es el manejo integral del paciente, quien acude al médico a solicitar ayuda para ser curado o aliviado de su padecimiento. Si se trata en forma adecuada, buena parte del mal se aliviará, pero el resto de la carga que agobia al afectado necesita ser identificada, examinada y manejada con delicadeza y respeto.

El experto que no se involucra en una atención integral, sino que se conforma con diagnosticar y tratar la enfermedad, comete una grave falta de ética médica. Todos esos elementos, finalizó Ruy Pérez Tamayo, contribuyen a que la relación médico-paciente sea óptima.

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