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EN MÉXICO FALTAN PERROS GUAS PARA CIEGOS

Imagen de gamd

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06:00 hrs. Abril 14 de 2003

Boletí­n UNAM-DGCS-280

Ciudad Universidad

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EN MÉXICO FALTAN PERROS GUAS PARA CIEGOS

í‚· La cifra actual en todo el paí­s es de aproximadamente 60 canes entrenados, afirmó Isidro Castro Mendoza, de la FMVZ de la UNAM

í‚· El adiestramiento cuesta aproximadamente 15 mil dólares por cada animal

í‚· No hay ninguna institución formal dedicada a esta labor

í‚· Representan los ojos de los invidentes, pero desgraciadamente esto muchas veces no se entiende

Si bien es cierto que en nuestro paí­s no existen estadí­sticas acerca del número de personas ciegas, hay datos que hacen pensar que el 10% de la población es débil visual; y si todos ellos necesitaran un perro guí­a, cuando menos estarí­amos hablando de una demanda de entre cinco y ocho millones de perros. Sin embargo, no hay ninguna instancia dedicada a esta labor.

A decir de Isidro Castro Mendoza, profesor de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, lo que pasa es que, en términos generales no se le da al minusválido el lugar y trato que merece dentro de la sociedad, “y para que esto suceda habrí­a que hacer un proyecto de desarrollo de cultura al respecto”.

Por ejemplo, aseguró, “aunque parezca increí­ble, si vas a Perisur dice en las puertas: se prohibe entrar con perros; cuando, para un ciego, es como si le dijeras: quí­tate los ojos”. Contrariamente, en los paí­ses desarrollados se tienen facilidades para ellos, pero la sociedad latina en general, y la mexicana en particular, “esconde al minusválido”.

Sucede también que, por lo regular, al ver un can de esas caracterí­sticas, a las personas les dan ganas de empezar a acariciarlo, lo cual hace que -en esos casos- pierda el entrenamiento. “No se le toma como un elemento de apoyo, como sucede con un bastón”.

La sociedad no ha recibido la información indispensable para saber como ayudar a este tipo de personas y animales.

Los invidentes, afirmó, cuentan con sus otros cuatro sentidos y tienen la necesidad social de relacionarse. Por eso, habrí­a que hacer un programa educativo a través del cual se hable de la importancia de los canes para los ciegos.

Resaltó la falta de un organismo dedicado a criar y reproducir este tipo de animales, los cuales no se pueden vender. Existe un código universal de este tipo de escuelas el cual señala que, como los minusválidos desarrollan grados de histerismo o inadaptación, es probable que practiquen el maltrato a los canes; por lo tanto, para que dichas instituciones no pierdan el control sobre el perro, sólo lo “prestan” y lo pueden recoger en cualquier momento.

“Nosotros –dijo– estamos intentando desde hace casi cinco años establecer una escuela y nos hemos encontrado con muchos tropiezos”. Además, sólo hay otra instancia donde se realiza este trabajo.

Estos perros, explicó, sufren un contraentrenamiento. Como normalmente ladran, defecan y muerden, lo que se les enseña es a reprimir esas conductas; y para que sea efectivo, se lleva a cabo una minuciosa selección de los animales adecuados. La mejor raza para ser guí­a de ciegos, recalcó, es la de labrador.

Para ser entrenados, estos canes deben haber nacido en una escuela de perros guí­as o en un hogar, lo cual facilita el proceso de socialización al que se le somete. “Debe conocerse su origen, porque si provienen de la calle seguramente tendrán más vicios, los cuales serán más difí­ciles de corregir”, señaló Castro Mendoza.

El animal crece junto a su mamá durante los tres primeros meses y, una vez que la madre lo desteta, se le enví­a con una familia “de adopción”, la cual previamente recibió un entrenamiento con la idea fundamental de que conviva con él durante más o menos seis meses o un año. Durante ese periodo, lo que el can aprende es a comportarse como un perro frente a un humano. “Si no se logra este equilibrio, el perro puede ser muy perro, no tener respeto por el humano, o sentirse muy humano, humanoide”, agregó.

Al finalizar el proceso de sociabilización, el can regresa a la escuela. Ahí­ se le practican una serie de pruebas para valorar su temperamento. Si las pasa, es esterilizado, porque el único instinto que no se le puede cambiar a ningún animal es el sexual, y los lazarillos no pueden vivir esta situación, ya que si pasara cerca de él una perra en celo podrí­a seguirla y tirar al ciego.

Una vez castrado, continuó Castro Mendoza, el perro empieza su entrenamiento, que más o menos dura entre uno y tres meses, dependiendo de la habilidad que tenga para aprender. Cuando termina, se le hace al ciego una entrevista para definir su perfil psicológico y para una mejor asignación se observa la fuerza que tiene, así­ como su edad, si el invidente es mujer u hombre, niño o una persona mayor, alto o flaco, entre otros factores.

Posteriormente, el perro entrena con el ciego durante un mes o mes y medio en la escuela, o en un lugar previamente determinado, para después hacerlo en la casa del invidente, donde continúa su aprendizaje de una a cuatro semanas, dependiendo de lo complejo de la vida de la persona. Una vez formado el binomio perro-hombre empiezan a trabajar. Pero, no todo termina ahí­: “cada seis meses o cada año –lo cual depende de lo que el ciego informe- es reentrenado, por si ha tenido algunos vicios o se le ha olvidado alguna cosa”.

Hecho esto, el perro se convierte en parte de la familia y más o menos presta sus servicios durante seis a ocho años. Puede vivir mucho más pero, al estar siempre bajo gran cantidad de estrés –por que llevan la responsabilidad de la vida de una persona y trabajan ocho horas diarias-, pasado este tiempo hay que cambiarlos por otro, siguiendo exactamente el mismo proceso.

La idea, indicó Castro Mendoza, es que el ciego entienda que el perro es parte importante de su vida, le dé alimento y tratamiento médico adecuados. “La gente en general es consciente, pero hay informes en otros paí­ses que indican lo contrario”.

En todo México, informó, debe haber unos 60 perros guí­a para ciegos. Entrenarlos cuesta aproximadamente 15 mil dólares, con lo cual “le das de comer a varias familias por varios meses más en México”. Y todos –excepto algunos que donó la FMVZ el año pasado– son traí­dos de Estados Unidos, concluyó.

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