DESIGUALDAD, DISCRIMINACIÓN, RACISMO Y SUBDESARROLLO, LIGADOS AL TRABAJO DOMÉSTI

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6:00 hrs. Marzo 28 de 2003

Boletí­n UNAM-DGCS-232

Ciudad Universitaria

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DESIGUALDAD, DISCRIMINACIÓN, RACISMO Y SUBDESARROLLO, LIGADOS AL TRABAJO DOMÉSTICO

í‚· Académicos universitarios piden generar mecanismos para proveer de seguridad social y una pensión en caso de jubilación o invalidez a quienes desempeñan esta actividad

í‚· El jurista Alfredo Sánchez Castañeda dijo que aunque la actividad está regulada por la Ley Federal del Trabajo, pareciera que quienes la ejercen tienen menos derechos

í‚· Marí­a Luisa González, del IIEc, reconoció que hay discriminación salarial hacia las mujeres a pesar de ser ellas quienes realizan, en su mayorí­a, esa labor (89%).

í‚· Julia Chávez, de la ENTS, opinó que este trabajo se está revalorando en años recientes

Para académicos de la UNAM, la presencia del trabajo doméstico en México es, de alguna forma, sinónimo de desigualdad social y subdesarrollo, además de discriminación y racismo, porque quienes lo realizan son personas de escasos recursos económicos, en su mayorí­a campesinos e indí­genas.

Con motivo del Dí­a Internacional de las Empleadas del Hogar, que se celebra el 30 de marzo, los universitarios se manifestaron a favor de realizar una campaña para que todas las personas dedicadas a esta labor conozcan sus derechos y se generen los mecanismos para proveerles de seguridad social y una pensión en caso de jubilación o invalidez.

El integrante del Instituto de Investigaciones Jurí­dicas, Alfredo Sánchez Castañeda, señaló que esta relación laboral está regulada por la Ley Federal del Trabajo (LFT) bajo el régimen de trabajos especiales y, paradójicamente, "pareciera que tienen menos derechos".

Para Marí­a Luisa González Marí­n, del Instituto de Investigaciones Económicas, existe –además- discriminación salarial hacia las mujeres, a pesar de ser ellas quienes realizan, en su mayorí­a, esa labor (89%).

En tanto, Julia Chávez, coordinadora del Centro Estudios de la Mujer de la Escuela Nacional de Trabajo Social (ENTS), reconoció que esta actividad se está revalorando, sobre todo entre quienes laboran fuera de casa y tienen que dejar en manos de otras mujeres sus actividades y sus hogares.

Los universitarios coincidieron en que el trabajo doméstico es prácticamente inexistente en los paí­ses desarrollados, donde no sólo resulta muy caro contratar a alguien para realizar los quehaceres del hogar (a través de empresas de colocación que les otorgan prestaciones, o bien, a migrantes), sino que, además, se considera que toda la población tiene los mismos derechos y obligaciones, y por lo tanto es mal visto tener “servidumbre”.

En nuestro paí­s la situación es otra. Los números van a la alza: según datos del Instituto Nacional de Estadí­stica, Geografí­a e Informática (INEGI), de 1990 a 2000 la población cuya ocupación principal es el trabajo doméstico aumentó del 0.1 al 0.7% en los hombres, y del 11.6 al 12.4% en las mujeres.

Marí­a Luisa González refirió que, en efecto, las cifras se incrementaron en términos absolutos junto con el crecimiento de la población, aunque no sucede lo mismo con el porcentaje de mujeres dedicadas a esa actividad.

En 1910, el 69% del total de trabajadoras se ocupaban como "sirvientas" o "criadas" (como se les denominaba entonces); para 1970 la proporción disminuyó a 43%, y en 1995 a 28%.

Hoy, cifras del INEGI, publicadas por CIMAC (Comunicación e Información de la Mujer, A.C.), muestran que en el paí­s hay un millón 700 mil trabajadoras del servicio doméstico, de las cuales casi el 10% se concentra en el Distrito Federal.

En opinión de Chávez Carapia, las cifras van en aumento debido a la situación económica del paí­s. Los indicadores son “el número de hombres desempleados y que el dinero no alcanza, por lo que ellas deben incorporarse al mercado laboral para dar a su familia mejores condiciones de vida”.

Pero ¿quiénes son ellas? Se trata de un universo heterogéneo. Son personas de escasos recursos y de baja escolaridad, muchas migran del campo; unas tienen pareja, otras son madres solteras. En promedio tienen cuatro hijos, a quienes tratan de enviar, a toda costa, a la escuela.

Chávez Carapia manifestó que al hablar de trabajadoras domésticas “no se puede generalizar”, porque es muy amplia la gama de personas dedicadas a esa labor, tanto como sus edades, que van desde los 12 ó 13 años hasta más de 60.

También varí­an sus ingresos. Según un estudio realizado por la propia académica de la ENTS en la Ciudad de México, van de los 50 a los 150 pesos por jornada, la cual por lo general no alcanza las 8 horas de trabajo, ya que se trata de una labor “de entrada por salida”. En este caso, el sueldo depende del número de horas laborales y la zona donde se presta el servicio.

Otras trabajan de planta con una familia, donde se les da techo, alimento, un sueldo menor que a las antes mencionadas y un dí­a de salida a cambio de estar disponibles entre 12 y 18 horas al dí­a para atender cualquier necesidad que surja en la casa.

En promedio, según González Marí­n, las domésticas trabajan 35 horas a la semana y dedican otras 26 a los quehaceres en su hogar, después de la jornada laboral remunerada.

De acuerdo con el estudio realizado por la profesora de la ENTS (con una muestra de 127 personas en el D.F.), 80% de las trabajadoras domésticas ocupa toda la semana en el trabajo, con horarios que van de las 7 de la mañana a la 1 o 2 de la tarde, y el resto del dí­a se dedican a su familia.

En más de la mitad de los casos, añadió, la pareja no sabe que ellas desempeñan esa actividad, por temor a que no las dejen continuar o a que les quiten sus ingresos.

Respecto a los salarios, la investigadora del IIEc mencionó que la proporción del ingreso medio de las mujeres es de 71.7% con respecto al 100% de los hombres; es decir, se trata de una actividad que, a pesar de ser de predominio femenino, está discriminada.

Por ser un trabajo agotador –en el que, además, pueden verse sometidas a acoso sexual de parte del “señor” de la casa o de sus hijos, así­ como a tratos vejatorios y humillantes, además de ser segregadas de la sociedad- las mujeres prefieren colocarse como obreras en una maquiladora o como empleadas de limpieza de un consultorio o empresa, expuso.

La palabra "doméstico" proviene del latí­n domesticus, y de domus, que significa casa, lo relativo a la casa. La existencia de este trabajo es antigua. Ya sea bajo la forma de esclavitud o de modelos más actuales, siempre han existido personas que se han valido del trabajo ajeno para evitarse faenas inherentes al cuidado de las personas y el hogar.

En el antiguo régimen romano se encuentra al trabajador doméstico con la calidad de objeto y no de sujeto. La Constitución de Cádiz de 1812, que tuvo corta vigencia en México, estableció en su artí­culo 25 que los derechos del ciudadano se perdí­an por el estado de sirviente doméstico.

No fue sino hasta la Constitución de 1917 cuando se otorgó a esta labor una naturaleza de carácter social, al mencionarlo en el proemio del artí­culo 123. Fue regulado, con posterioridad, por la ley laboral de 1931 y, finalmente, por la de 1970.

En la actualidad, la legislación establece que el trabajador deberá disfrutar de reposos suficientes para tomar sus alimentos y descansar por la noche (aunque no procede el pago de horas extras).

Asimismo, en los artí­culos 337 a 339 de la LFT hay tres obligaciones especiales para los empleadores: proporcionar al trabajador un local cómodo e higiénico para dormir, una alimentación sana y satisfactoria, así­ como condiciones laborales que aseguren su vida y su salud.

También guardar consideración al trabajador absteniéndose de todo mal trato de palabra o de obra, y la obligación de cooperar en su instrucción general; asimismo, en caso de enfermedad, pagar el salario de un mes o, de muerte, sufragar los gastos del sepelio.

Alfredo Sánchez explicó que el trabajo doméstico consiste en la prestación de un servicio personal, por lo que no se considera una actividad productiva que genera ganancias monetarias.

“Hay autores que mencionan que sí­ genera una plusvalí­a, aunque es indirecta, porque libera al empleador de ese tipo de labores para que pueda realizar otras actividades. Empero, es difí­cil medirla”. Bajo esa consideración, los trabajadores no perciben aguinaldo ni son inscritos al seguro social.

Por ello, habí­a que realizar una reforma legal, para otorgarles al menos esta última prestación, por medio de cuotas o aportaciones depositadas en un fondo para cada trabajador doméstico, de acuerdo con el número de horas que labore para su empleador.

Otra opción, señaló el jurista, es incentivar al empleado a adquirir un seguro familiar (de enfermedad), establecido en la Ley del Seguro Social mediante una aportación adicional de quienes lo contraten.

De modo ideal, serí­a necesario crear mecanismos para que, en caso de enfermedad, puedan ser atendidos, así­ como otorgarles pensión por jubilación o invalidez, porque a largo plazo no cuentan con ningún tipo de protección.

Sugirió fomentar la existencia de contratos de trabajo por escrito, porque hasta ahora la relación entre el empleado y el empleador para realizar cierta actividad de aseo o de asistencia en una casa, se da mediante un trato verbal.

Dicho documento, abundó, permitirí­a al trabajador tener una referencia de sus derechos y establecer los parámetros de la actividad laboral.

Al respecto, sostuvo que, como el resto de los trabajadores, la mayorí­a de los empleados del hogar desconocen sus derechos laborales; entre ellos la situación se agrava por su bajo nivel de instrucción. Por ello, se requiere una efectiva campaña de información.

También, afirmó el experto en derecho laboral, serí­a necesario otorgarles salarios que fueran remuneradores; es decir, que no sólo les permitan sobrevivir, sino incrementar sus ingresos.

Sánchez Castañeda planteó que dado que el trabajo doméstico es aislado, resulta difí­cil que quienes se dedican a él formen sindicatos. Hasta ahora sólo existen asociaciones civiles como el Colectivo Atabal.

Ahí­ se trabaja por la reivindicación y valoración económica, polí­tica y social del trabajo doméstico, así­ como de las mujeres que desempeñan ese servicio, como parte fundamental de la eliminación de las desigualdades en las relaciones sociales. Entre sus objetivos se encuentra fomentar la participación activa de las empleadas del hogar en la defensa de sus derechos como mujeres, trabajadoras y ciudadanas.

El reto, finalizó, es dejar la situación de estos trabajadores como está o intentar mejorarla. En él está involucrada la conciencia misma de la sociedad.

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