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EN EU, EL 40% DE LOS CIENTFICOS TRABAJA EN INVESTIGACIONES DE PROYECTOS BÉLICOS

Imagen de gamd

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06:00 hrs. Septiembre 28 de 2002

Boletí­n UNAM-DGCS-0831

Ciudad Universitaria

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í‚· El 70% de sus recursos para investigación y desarrollo tienen el mismo fin, aseguró Jalil Saab Hassanille, jefe de la Unidad de Docencia del Instituto de Biotecnologí­a de la UNAM

í‚· Los cientí­ficos deben mostrar a la opinión pública los peligros de usarla de manera inadecuada o destructiva, consideró el director del Instituto de Matemáticas, José Antonio de la Peña

En la actualidad, la ciencia no es ajena al armamentismo ni a los usos destructivos. En Estados Unidos, el 40% de los cientí­ficos está empleado en trabajos relacionados con la guerra; el 70% -40 mil millones de dólares- de los recursos destinados anualmente a la investigación y al desarrollo, es para proyectos bélicos, aseguró Jalil Saab Hassanille, jefe de la Unidad de Docencia del Instituto de Biotecnologí­a.

Si un investigador quiere desarrollar medios para destruir a sus semejantes, seguro encontrará apoyo y recursos económicos; aunque no recibirá el mismo respaldo quien realice estudios sobre padecimientos como la malaria o el mal de Chagas (enfermedad parasitaria, común en América Latina), agregó.

Durante su participación en la conferencia Ciencia y guerra, realizada dentro del ciclo “Ciencia, conciencia y café” que organiza la Facultad de Estudios Superiores (FES) Cuautitlán, en la Casa de Francia, indicó que las guerras de ahora no requieren de mucha gente y “dudo mucho que reactiven economí­as”. Quien echa andar un movimiento armado sólo busca un beneficio polí­tico-electoral y, lo más importante, afianzar su dominio, sostuvo.

Es cierto que los cientí­ficos hacen su esfuerzo, pero también hay una necesidad muy grande de los polí­ticos por mostrar su poderí­o, razón por la cual después de la Segunda Guerra se han creado armas cada vez más poderosas.

Es por ello que los investigadores, apuntó José Antonio de la Peña, director del Instituto de Matemáticas Aplicadas, deben hacer un trabajo polí­tico intenso frente a los gobiernos de los paí­ses para convencerlos de no aumentar la carrera armamentista y para mostrar a la opinión pública los peligros de usar la ciencia de manera inadecuada o destructiva.

Consideró que “sólo la presión pública puede hacer que los gobiernos reaccionen”. Sin embargo, ésta será una carrera perdida mientras sólo se responda a intereses económicos.

Afirmó que fue durante la Segunda Guerra Mundial, con el uso de la bomba atómica, cuando cambió la percepción de los gobiernos sobre el uso y control de la ciencia.

Aunque en aquellos dí­as, la posición de muchos cientí­ficos fue la de intervenir en el esfuerzo de la guerra porque se trataba de una lucha contra el militarismo de los nazis, aclaró.

En este contexto, subrayó, la lí­nea moral que divide lo bueno de lo malo en cuestiones bélicas es siempre muy difí­cil de tratar, porque en ciencia no se puede decir “no hagas esto porque podrí­a tener implicaciones peligrosas; de todos modos, si no lo hace un cientí­fico, lo hará otro”, concluyó.

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