Retos para la Ciencia Nacional.

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El conocimiento generado y acumulado por la investigación cientí­fica a lo largo de los siglos ha permitido, en un amplio grado, comprender el funcionamiento del universo, la naturaleza, la vida misma y algunas problemáticas sociales. El desarrollo cientí­fico y tecnológico, todo mundo parece aceptarlo actualmente, es uno de los más poderosos motores del cambio social y del progreso económico de las naciones.



En México, la tenacidad de varias generaciones de cientí­ficos y un apoyo gubernamental pequeño pero sostenido, han permitido la formación de un sector cientí­fico que aunque de alta calidad, es todaví­a muy pequeño en número. El total de la población de cientí­ficos mexicanos se acerca a 10 mil, cifra ridí­cula si comparamos con los 3 mil 600 cientí­ficos que por cada millón de habitantes existen en los paí­ses del primer mundo. Mientras que naciones como Estados Unidos, Japón o la mayorí­a de los europeos dedican alrededor de 3 por ciento del PIB al rubro de ciencia y desarrollo, México dedica menos de 0.4 por ciento.



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Retos para los cientí­ficos nacionales



José Antonio de la Peña



El conocimiento generado y acumulado por la investigación cientí­fica a lo largo de los siglos ha permitido, en un amplio grado, comprender el funcionamiento del universo, la naturaleza, la vida misma y algunas problemáticas sociales. El desarrollo cientí­fico y tecnológico, todo mundo parece aceptarlo actualmente, es uno de los más poderosos motores del cambio social y del progreso económico de las naciones.



En México, la tenacidad de varias generaciones de cientí­ficos y un apoyo gubernamental pequeño pero sostenido, han permitido la formación de un sector cientí­fico que aunque de alta calidad, es todaví­a muy pequeño en número. El total de la población de cientí­ficos mexicanos se acerca a 10 mil, cifra ridí­cula si comparamos con los 3 mil 600 cientí­ficos que por cada millón de habitantes existen en los paí­ses del primer mundo. Mientras que naciones como Estados Unidos, Japón o la mayorí­a de los europeos dedican alrededor de 3 por ciento del PIB al rubro de ciencia y desarrollo, México dedica menos de 0.4 por ciento.



Nuestra condición de paí­s tercermundista no justifica la baja inversión en ciencia y desarrollo tecnológico. Por el contrario, nuestra situación como paí­s se debe al haber prestado poca atención durante siglos al desarrollo educativo y cultural, tal vez debido a nuestros orí­genes coloniales, y al haber perdido el tren del desarrollo cientí­fico, tal vez por nuestro atraso educativo y nuestra idiosincrasia polí­tica.



Ante este panorama, la comunidad cientí­fica mexicana tiene un papel importante que jugar en la sociedad y en ello debe invertir sus energí­as.



1. En primer lugar, se deben fortalecer los logros conseguidos por la ciencia a lo largo de los años. La ciencia mexicana es joven, sus inicios modernos pueden ubicarse apenas en los años 30 del siglo pasado con la fundación de los institutos nacionales de salud. Por muchos años, el principal nicho de desarrollo cientí­fico fueron las universidades e institutos de educación superior de la ciudad de México. Posteriormente se creó el sistema de centros SEP-Conacyt y se dio un avance en universidades estatales.



Es fundamental que se incremente el aporte del gobierno para sostener y modernizar la planta cientí­fica y tecnológica de estos centros. Simultáneamente, debe elevarse el monto de los apoyos a universidades públicas de los estados, para que desarrollen grupos de investigadores sólidos con infraestructura adecuada. Estas metas sólo se conseguirán con el prometido aumento del gasto gubernamental en CyT.



2. La comunidad cientí­fica debe trabajar polí­ticamente para conseguir que aumenten los recursos que el gobierno invierte en CyT. El presidente Fox ha ido, tal vez, un poco más lejos que gobiernos anteriores prometiendo incrementar el gasto federal en ciencia y tecnologí­a a 1 por ciento del PIB. Sin embargo, los apoyos no han llegado y, por el contrario, algunos problemas se agravan. Por citar un ejemplo: este año se presenta un recorte drástico al gasto en equipamiento cientí­fico para las universidades.



Un camino nuevo que se abre, como se demostró a fines del año pasado en la determinación del presupuesto federal, es el trabajo de cabildeo ante los legisladores.



3. Tal vez por primera ocasión en la historia, el papel de los legisladores mexicanos tiene la importancia que las leyes le deparan. Temas como el presupuesto para ciencia y tecnologí­a, el presupuesto de las universidades, la Ley Orgánica del Conacyt, la regulación de experimentación en transgénicos y clonación, la contaminación ambiental, la explotación de recursos energéticos y muchos otros en los que la opinión de cientí­ficos expertos es indispensable, están siendo tratados o lo serán próximamente en las cámaras legislativas.



Los cientí­ficos mexicanos deben aprender a realizar trabajo de cabildeo y asesorí­a de los legisladores, no sólo como forma de obtener mayores recursos para la ciencia, sino como cumplimiento del deber social de colaborar en la aprobación de leyes racionales y justas.



4. Según evaluaciones internacionales recientes, el nivel de la enseñanza de las ciencias, y las matemáticas en particular, es muy deficiente en nuestras escuelas públicas de nivel básico y medio. En muchos lugares del mundo, bajo la dirección de academias cientí­ficas, se han iniciado trabajos de formación de maestros de educación básica en ciencias. México también está rezagado en este punto.



5. Finalmente, un trabajo fundamental y permanente de la comunidad cientí­fica debe ser el de difusión y promoción de la ciencia. Sólo de esta manera, lentamente, se irá creando una cultura cientí­fica en la sociedad, fundada en los valores de la ciencia: la búsqueda permanente de la verdad, la crí­tica informada, el proceder sistemático, riguroso e inteligente.



En sus 43 años de existencia la Academia Mexicana de Ciencias ha encabezado el diálogo de la comunidad cientí­fica con la sociedad y las autoridades del Estado, con el propósito de promover la ciencia, y propiciar la reflexión de los problemas nacionales desde la perspectiva cientí­fica.



La AMC cuenta con más de mil 600 cientí­ficos de todas las áreas del conocimiento, que a través de numerosos programas apoyan la difusión de la ciencia y la formación de nuevos cientí­ficos.



La AMC ha sido, sin duda, motor del desarrollo de la ciencia mexicana y tiene un lugar importante en el ámbito de la cultura y la educación nacional. En los próximos años la AMC deberá trabajar intensamente en la extensión de sus programas de difusión, en nuevos planes educativos, y en la representación de la comunidad cientí­fica ante los legisladores y el gobierno.




El autor es director del Instituto de Matemáticas de la UNAM y nuevo presidente de la Academia Mexicana de Ciencias

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