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En la sección de opinión de la jornada del 10 de abril del 2002 podemos leer una critica a política que ha seguido la revista Nature, respecto a la publicación de un articulo que muestra que el maíz criollo del Valle de Oaxaca se encuentra posiblemente contaminado con componentes transgénicos.
Nature realizo fuertes criticas al artículo publicado por ellos mismos en noviembre del año pasado, sin embargo Alejandro Nadal pone en tela de juicio el valor del juicio emitido por Nature, si se considera que esta semana tiene lugar en La Haya la reunión que marca el décimo aniversario de la Convención de Biodiversidad. Entre los temas más sobresalientes a tratar se encuentra la moratoria sobre el uso de algunas biotecnologías, el tratado de recursos genéticos y el Protocolo de Bioseguridad, firmado en Cartagena hace dos años. , ademas de recalcar que la revista contiene 80 páginas de publicidad de empresas de biotecnología, medicina, farmacéutica y equipo científico.
http://www.jornada.unam.mx/2002/abr02/020410/025a1eco.php?origen=opinion.html
México D.F. Miércoles 10 de abril de 2002
Economía
Alejandro Nadal
La naturaleza de Nature
En un editorial sin precedentes la revista científica Nature declara esta semana que no debió haber publicado un artículo de David Quist e Ignacio Chapela, dos biólogos de la Universidad de California, Berkeley. Dicho texto revela la presencia de material transgénico en maíces nativos en comunidades de Oaxaca. Las implicaciones son graves, porque México es el centro de origen y diversidad genética del grano. Sin embargo, algunos problemas metodológicos motivaron críticas de otros biólogos y la inusual retractación de los editores de la publicación.
Pero la conclusión fundamental de la investigación de Chapela y Quist no ha sido rebatida por sus críticos. En el fondo, el resultado no es demasiado sorprendente. En México se mantiene la prohibición de sembrar maíz genéticamente modificado desde 1998, pero anualmente se importan alrededor de 2 millones de toneladas de grano transgénico. Parte de éste es distribuido en el campo mexicano y puede ser usado como semilla por productores rurales. Una vez sembrado, la polinización puede propagar el material transgénico a otras plantas de maíz o a parientes silvestres como el teosinte. Y sólo será cuestión de tiempo para que las colecciones en los bancos de germoplasma contengan componentes transgénicos.
Parte de la crítica contra los autores se concentra en su conclusión sobre la presencia inestable del material transgénico en el genoma del maíz. Quist y Chapela aceptan parte de la crítica, pero reafirman su conclusión sobre la presencia de material modificado en maíces mexicanos.
Esa conclusión fue confirmada por otro estudio encargado por la Conabio y el Instituto Nacional de Ecología al Cinvestav. Esa investigación encontró frecuencias de introgresión transgénica de entre 20-60 por ciento en cuatro localidades. Los resultados de dicho estudio sugieren que la contaminación por transgénicos no es un hecho aislado en la sierra norte de Oaxaca, sino que puede ser un fenómeno generalizado en otras regiones de México.
Hasta los críticos de Quist y Chapela concuerdan que sería sorprendente no encontrar ya material transgénico en los maíces nativos mexicanos. El vocero de BIO, organización de la industria agrobiotecnológica estadunidense, señala que los resultados eran obvios y se pregunta: ¿Sería sorprendente encontrar que la gente juega en un casino?
Es cierto que el flujo genético entre variedades de maíz es normal, como demuestran muchos estudios sobre conservación dinámica de recursos genéticos. ¿Por qué tanto ruido con el grano transgénico? Una razón es que se ignora el efecto final de la incorporación de material transgénico en el genoma del maíz y sus ecosistemas.
El hallazgo de Quist y Chapela tiene muchas ramificaciones. Desde luego, persiste la incertidumbre sobre los efectos ambientales derivados de los cultivos transgénicos. Pero lo que no está en discusión es que la presencia de ese maíz en México tendrá consecuencias económicas importantes, al perderse el acceso al mercado de maíz no modificado genéticamente.
El artículo fue publicado en un momento delicado para la industria de la biotecnología. Esta semana tiene lugar en La Haya la reunión que marca el décimo aniversario de la Convención de Biodiversidad. Entre los temas más sobresalientes a tratar se encuentra la moratoria sobre el uso de algunas biotecnologías, el tratado de recursos genéticos y el Protocolo de Bioseguridad, firmado en Cartagena hace dos años. Este último se relaciona con el principio de precaución y la presencia de material transgénico en el maíz nativo mexicano, lo cual provocaría un fuerte debate.
En este contexto sobresale el editorial sin precedentes de la revista Nature, considerada uno de los principales órganos de difusión de información científica, y sus artículos pasan por lo que parece ser un riguroso sistema de dictamen anónimo. Pero cada número impreso de Nature contiene 80 páginas de publicidad de empresas de biotecnología, medicina, farmacéutica y equipo científico. Frecuentemente los artículos difundidos en revistas como Nature son resultado de investigaciones financiadas con recursos públicos en muchas universidades del mundo. Pero esas publicaciones cobran a sus suscriptores y venden el acceso a ese material en sus páginas electrónicas. ¿Hasta dónde se puede esperar una difusión desinteresada del conocimiento científico en una revista que es también un negocio?
Willy de Greef, funcionario de Novartis, productora de semillas genéticamente modificadas, afirma que la retractación de Nature será de gran utilidad para las empresas de biotecnología en su lucha por eliminar obstáculos a la comercialización de esa controvertida tecnología, en las reuniones de la Convención de Biodiversidad y del Protocolo de Bioseguridad. ¿Qué voz más autorizada existe para descubrir la naturaleza de Nature?