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De las universidades públicas

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Editorial del Universal en lí­nea publicado el 29 de julio de 2007

Carlos Monsiváis

El principal centro de produc-ción intelectual de cada paí­s, la universidad pública, suele ser, en lo tocante a (numerosos) efectos del debate intelectual, una zona lejana y con frecuencia inaudible. También las universidades públicas, al asumir la defensa de las libertades, atraen el odio o la enemistad activa de los gobiernos, por ejemplo la UNAM en 1968, las de Argentina durante la Guerra Sucia; las de Chile durante la dictadura de Pinochet; las de Perú en el periodo de Fujimori (añádase la intolerancia criminal de Sendero Luminoso); las de Venezuela ahora con las presiones de Hugo Chávez; las de Guatemala en el periodo donde los ejércitos toman las universidades, y se secuestra y asesina a rectores y profesores; las de Honduras, las de El Salvador.

—El manejo de la formación profesional tiene que ver, durante una larga etapa, anterior a la década de 1980, con la concentración del empleo en la burocracia del Estado. Este trust del empleo, del prestigio, de las oportunidades comparativamente privilegiadas, hace que sea cada vez más frecuente el uso del estudio como simple medio de ascenso, y se atengan nada más a los conocimientos útiles en la burocracia. Esto, en un plazo muy rápido, elimina el espejismo que convertí­a a las universidades en claustros definitivos, y lo devuelve casi todo a la práctica tradicional: las universidades, estaciones de paso de los ambiciosos, los inteligentes, los llamados al poder. En las universidades públicas o privadas, se concluye hablando del profesorado, sólo se quedan los que no supieron irse.

—Luego de cinco o diez años de estancia en las universidades, los de vocación meritocrática se van hacia el “servicio público" o el empresariado. Y se despliega la frustración de los más, de los pasantes o titulados enterados a diario de: a) el tí­tulo ya no es garantí­a de ascenso, y b) según las clases gobernantes, el conocimiento sin adecuadas relaciones de clase es puro analfabetismo. Esto afecta por igual a las capitales y las regiones.

Los ambiciosos, los inteligentes, los llamados al poder. En las universidades públicas o privadas, se concluye, sólo se quedan los que no supieron irse.

—El traslado de los proyectos utópicos (en el mejor sentido del término) a la sociedad elimina una de las actitudes preferidas de los radicales universitarios en este siglo, la vocación mesiánica. Al no contraponer el peso del conocimiento a la fuerza del Estado (algo que en un medio sin alternativas se asimila con rapidez) reaparece la eterna conclusión: no hay alternativas fuera del capitalismo porque las otorgadas por el sistema de universidades públicas alcanzan a muy pocos.

—La carga opresiva del concepto y la realidad de la universidad de masas, que existe simplemente porque hay masas en la universidad, genera el prejuicio aplastante sobre la degradación académica, y la desaparición de los antiguos (se supone que muy elevados) niveles de conocimiento. No es esto muy cierto; hoy, en términos generales, la vida académica es más informada y productiva, y no sólo por la proliferación de centros e institutos de investigación porque ahora los intelectuales han transitado a la Academia. Pero la leyenda pesa, y al no desmontarse el concepto universidad de masas, éste continúa operando negativamente con resultados psicológicos, polí­ticos y culturales, similares a los detentados por los términos subdesarrollo y tercermundista. A la penuria económica de la mayorí­a se añade la noción fatalista: la universidad de masas siempre será un lugar de tercer orden, de falta de recursos esenciales, de atraso tecnológico. Esto, mientras la licenciatura ocupa el sitio cultural y de reconocimiento antes asignado al bachillerato, y el posgrado o doctorado (el P.H.D.) es, en términos reales, el nuevo bachillerato.

“Si viene de universidad pública, lamentamos decirle que no hay empleo"

Los egresados de las universidades públicas han vivido en estos años la magna reducción salarial, la disminución de oportunidades, la burocratización y, desde hace una década, la creciente preferencia gubernamental por los egresados de universidades privadas, por razones ideológicas (“No pierden su tiempo con tonterí­as subversivas"), por motivos técnicos (“han tenido todo su tiempo para prepararse, sin problemas económicos"), y por causas “genealógicas" (“Son de buenas familias"). A esto se agregan los criterios de eficiencia prestigiosa del neoliberalismo que a la letra dicen: las universidades públicas son inmensos estacionamientos del desamparo vocacional, estepas del conocimiento anacrónico, sitios de retención y entretenimiento de multitudes de adolescentes y jóvenes, antes de que se propongan en vano la caza de oportunidades que el determinismo de clase les veda.

Sin embargo, y pese al desdén presupuestal y social del gobierno, las universidades públicas siguen cumpliendo funciones indispensables:

—Habitúan, a partir de la expansión de la enseñanza media, a sectores amplios a prácticas culturales inusitadas (lectura, discusión de temas y autores, asistencia por lo menos ocasional a conciertos y recitales, obras de teatro, etcétera), lo que, entre otras cosas, y por así­ decirlo, normaliza el libro en medios avasallados tradicionalmente por los odios y las reverencias del anti-intelectualismo.

—Aclimatan la pluralidad y la renovación ideológica y teórica, y son la representación ní­tida del Estado laico.

—Preservan y enriquecen crí­ticamente el interés por lo nacional, en materia de debates, lecturas, ediciones crí­ticas, tradiciones intelectuales, visiones de la historia, información múltiple sobre el desarrollo de las ciudades y el paí­s.

—Forman, en un primer nivel, a la mayorí­a de los profesionistas encargados de satisfacer las necesidades de la administración pública y la sociedad.

—Representan el avance cientí­fico y cultural posible en una nación de escasos recursos. La tecnologí­a ya se reparte entre las universidades públicas y privadas.

—Emblematizan y son efecto del espacio que el Estado le concede a la sociedad en materia de crí­tica, libertad de expresión, disidencia polí­tica y moral. Junto con sectores limitados de la prensa, las universidades públicas usan de su autonomí­a para discrepar porque, salvo en los regí­menes muy autoritarios, se acepta que en las zonas formativas de la nación la crí­tica es indispensable. Con salvedades: la crí­tica aun hoy es inconcebible en las universidades dominadas férreamente por los gobiernos locales, y un buen número de las privadas.

—Preparan a los cientí­ficos y técnicos para las zonas urgentes del desarrollo.

—Forman a las decenas de miles de profesores que demanda la explosión demográfica.

—Garantizan la continuidad del conocimiento en materia de ciencias sociales y humanismo.

—Forman, en el caso de las universidades públicas, a los jóvenes de clases populares y clases medias (que en muchos casos ya va siendo lo mismo) en un conocimiento más cercano y exacto del paí­s donde, también, en una medida muchí­simo mayor de lo que se cree, interviene el tumulto, la discusión frenética, el ensayo de gobierno desde la asamblea, el lenguaje libérrimo. Esto por supuesto, no es función deliberada, pero no es por eso menos crucial.

—Representar a los ojos de las clases populares y las clases medias, el privilegio posible, la movilidad social al alcance. Por muy dañado o destruido que se encuentre este sueño, sigue siendo esencial.

Escritor

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