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Alejandro III: El Puente de Parí­s

Puente Alejandro III

íƒâ€ší‚¡Imposible imaginar Parí­s sin sus puentes! Si un puente une dos extremos, entonces Parí­s es la ciudad de la unión, la ciudad de los puentes. Parí­s une la antigüedad con la modernidad, Parí­s une a intelectuales con mendigos, Parí­s sirve de puente entre el nacionalismo y el extranjerismo, en Parí­s se dan la mano el arte y la tecnologí­a, en él se han encontrado ciudadanos revolucionarios con nobles aristócratas, Parí­s une naturaleza y cultura. Y uno de sus má bellos puentes, yo dirí­a el má bello, es el puente Alejandro III, sí­mbolo de la unión entre franceses y rusos. Con sencillez en su estructura, ostenta una arrogante elegancia plagada de simbolismos y alegorí­as. Nada má cruzar el puente en cualquier dirección, transporta al peatón, que no necesariamente al conductor, a un estado de alucinación imaginativa. Los edificios aledaños y el mismo puente, como memorias inertes, son los responsables de emanar una energí­a histórico-arquitectónica que permite visualizar en una pelí­cula atemporal a Baudelaire atravesando el puente, a Marí­a Antonieta entrando al Petit Palais y a Toulouse Lautrec en un café con Edith Piaf. Magia, historia, unión y romanticismo se funden en Parí­s para hacer del Alejandro III, íƒâ€ší‚¡El Puente de Parí­s!

Dos anécdotas históricas guarda este singular puente referentes a la des-unión con Alemania. La primera es que el Alejandro III fue concebido como alianza entre rusos y franceses, para contrarrestar el poderí­o que el imperio germánico ejercí­a sobre Europa, a finales del siglo XIX; la segunda, es que durante la ocupación nazi de Parí­s, este puente fue respetado por el alto mando del ejército alemán y se salvó de ser volado en mil pedazos. A pesar de ser en el fondo una afrenta para los alemanes, por su belleza patrimonial, los mismos alemanes sintieron respeto hacia él. De igual forma, las grandes inundaciones que ha sufrido Parí­s (1910, 1955, 1982) no han representado mayor atentado en contra de su estructura. Hoy, en el siglo XXI, el Alejandro III parece tan fuerte, vigente y elegante como lució en el dí­a de su inauguración.

Tuvo su primera piedra en 1896, y fue regalo del gobierno zarista de Rusia a la republicana Francia, con la doble intención polí­tica de anunciar a Europa la alianza militar de dichos paí­ses en contra de la emergente potencia alemana. Después de cuatro años de esfuerzos, diseños y trabajos, se inaugura en la Exposición Universal de 1900, por el entonces zar Nicolá II (hijo de Alejandro III) de Rusia y por el Presidente de Francia, Félix Faure. El puente Alejandro III, tuvo que esperar tres cuartos de siglo para ser clasificado como monumento histórico, lo que ocurrió en 1975; sin embargo, desde su creación ha simbolizado el espí­ritu decorativo de la llamada Belle Epoque, y es un testimonio artí­stico de la arquitectura monumental de finales del siglo XIX. Su decoración incluye treinta y dos candelabros y cuatro inmensos postes que flanquean sus extremos, cada uno de estos cuatro postes coronados por igual número de Pegasos de bronce dorado que representan las artes, las ciencias, el comercio y la industria; y en las bases de cada uno de estos postes se encuentra un a representación de la Francia de Carlomagno, de la Francia del Renacimiento, de la Francia de Luis XIV y de la Francia Contemporánea. Puente de una sola arcada, no hay columnas que sostengan su peso ni que interrumpan el romántico paso del Sena, desde donde se puede apreciar, justo al centro de la arcada y a cada lado del puente, rí­o arriba y rí­o abajo, los escudos de Francia y de Rusia.

Si los monumentos embellecen las ciudades, el Alejandro III embellece Parí­s, y la reviste de historia, de romanticismo y de elegancia. Y siendo uno de los monumentos benjamines de la ciudad, junto con su contemporánea la Eiffel, se ostentan orgullosos como sí­mbolos de la Ciudad Luz, la antigua Lutecia. Y a lo largo del Sena, junto con sus vecinos, los má de treinta puentes, forman un ramillete de instantes engarzados que hacen del paseo, una pelí­cula para el recuerdo.

Así­ es para mí­, el puente Alejandro III, el puente de Parí­s.

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